jueves, 8 de mayo de 2008

Valencia Zaragoza

Valencia Zaragoza podría ser el título de una película de Win Wenders, pero no lo es. Es el partido de esta tarde en el que el Valencia de mis disgustos se enfrenta al Zaragoza con la vista puesta en el abismo de la 2ª división, el partido más importante del club de Mestalla desde hace 25 años. No sé si resulta poético o literario hablar de fútbol en un blog, pero las pasiones no se pueden controlar y aunque con el tiempo he dejado de ser tan fanático para pasar a ser un simple espectador, no puedo dejar de hablar del partido de esta noche, en el que los dos equipos se la juegan.

De nada servirá haber ganado hace unas semanas la Copa del Rey si en las tres jornadas que quedan para que acabe la liga no se consiguen los puntos necesarios y el desastre se consuma. Yo viví el descenso a segunda división el año 84, aunque como digo, entonces era más forofo y lo pase fatal. Ahora que los clubs de fútbol se han convertido en negocios para sus empresarios (qué curioso que la mayoría de los presidentes son empresarios de la construcción) y el ejemplo más claro lo tenemos en Juan Bautista Soler (Solar de Mestalla le llaman), un presidente que lo más redondo que ha visto en si vida es el cubo de Rubick, la pasión se ha perdido y por momentos lo que me pide el cuerpo es que se hunda con todos sus especuladores, su mejor campo del mundo, sus políticos prevaricadores y fanáticos….

Pero pienso en todos los partidos que he visto en el viejo Mestalla, donde mi padre era acomodador y pasamos largas tardes de domingo mi hermano y yo en sus gradas, cuando el campo era todo para nosotros y gritábamos para oír nuestro propio eco. Donde saltábamos al césped a pedir nerviosos autógrafos a las figuras de la época, vestidos todavía con traje de calle y siempre enormes a nuestros ojos de niños. Cada domingo saltábamos una valla minúscula, porque entonces no existían los energúmenos que pegaban a los arbitros, y cargados con la libreta de autógrafos nos lanzábamos a por ellos.

He visto al Valencia desde todos los ángulos de Mestalla; sentado a veces en la escalera, otras embriagado del humo del puro de algún empresario en tribuna. Algunas aburrido mirando el orden de las banderas que marcaban la clasificación en numerada y leyendo el librito que recogía antes de cada partido y que lo mismo servía para abuchear que para no mancharte los pantalones.

Uno de esos partidos lo recuerdo especialmente, aunque ya no era tan niño. Era el final de la temporada 82/83 y tras una campaña desastrosa el Valencia se salvó en la última jornada. Se enfrentaba al Real Madrid que estaba a punto de conseguir el título de Liga y al que sólo le hacía falta un empate. El Valencia debía ganar y esperar otros resultados. El milagro se produjo cuando alguien sacó un córner y Tendillo, aquel defensa central de Moncada, viniendo desde atrás cabeceó a la red. El Valencia se salvó en la última jornada y el Real Madrid no ganó aquella Liga (¿se puede ser más feliz?) que al final se llevó el Athletic de Bilbao de Clemente.

Cosas del fútbol, al final Tendillo acabó en el Real Madrid después de pasar por algún equipo como el Murcia. Yo ví aquel gol desde el córner desde el que se lanzó la pelota y todavía recuerdo perfectamente la jugada, pero sobre todo recuerdo la alegría de celebrar que estábamos salvados. Una alegría que duró poco, pues el Valencia bajó al año siguiente después de una temporada todavía más desastrosa si cabe.

Nadie se imaginaba que aquello podía ocurrir, todos confiábamos en que en el último minuto un Tendillo, un Solsona marcaría la diferencia y se obraría el milagro. Más o menos como ahora, 25 años después.

Todas las estadísticas son favorables, hay equipos peores, la plantilla es de las mejores de Europa, somos campeones de Copa… pero nada de eso servirá si hoy no se gana al Zaragoza.

Por eso me olvido de lo que me pide el cuerpo y pienso con el corazón. Recuerdo aquellas tardes de domingo, ese gol de aquel defensa tan elegante de Moncada, y sobre todo a mi padre abrazándome para celebrar aquel gol y me olvido por un momento de los especuladores que han convertido una pasión en un negocio para desear con todas mis fuerzas que el abismo que nos acecha no sea más que un mal sueño.

Por eso, si no puedo ver el partido, me pondré esta noche la radio (como se hacía en aquella época en que no había que pagar por ver un partido por televisión) y cantaré como entonces los goles de Villa, Silva, Claramunt, Kempes, Abelardo, Aníbal, Sol, Bonhof… o Tendillo.

Porque un club de fútbol no debe ser una empresa, sino un sentimiento, y traicionar al Valencia sería como deshonrar la memoria de mi padre.

Por eso, esta noche más que nunca: ¡Amunt Valencia, sempre amunt!

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