miércoles, 18 de junio de 2008

Eurocopa 2008


Problemas discales, que no fiscales, me han impedido mantener últimamente esta bitácora con la frecuencia deseada. Pero como todo lo malo tiene un lado positivo, esos mismos problemas me han permitido ponerme al día y seguir más atentamente la Eurocopa de fútbol que se celebra en Austria y Suiza.


A estas alturas de la competición, acabando ya la primera fase, España no ha sido aún eliminada, y parece ser una de las favoritas, lo cual no es noticia ya que siempre partimos como favoritos y, según el tópico, nunca pasamos de cuartos. Luego llega el Tazotti de turno y nos da en los morros, o un arbitro egipcio y nos roba el partido, desmontando las esperanzas y devolviendo a nuestra selección al sitio que realmente se merece; el limbo de los perdedores.


Esta vez, para pasar de cuartos, España deberá enfrentarse a Italia, nuestra bestia en algún que otro mundial, un equipo que al igual que Alemania siempre se clasifica con un juego pobre y bronco, pero que al final siempre están ahí, en los primeros puestos y llenando sus vitrinas de títulos, no de opciones iniciales como favoritos.

Me gusta el fútbol, lo siento. Me gusta moderadamente, como juego (hace tiempo que dejó de ser un deporte) y sobre todo como un sentimiento. Quiere ésto decir que no soy un fanático, y que procuro verlo imparcialmente, reconociendo cuando mi equipo se equivoca y nuestros delanteros han marcado en fuera de juego. Si acaso soy más visceral con mi equipo, el Valencia, tal vez porque lo he mamado desde pequeño y es un asunto del corazón como explicaba en un post anterior.

Sin embargo con la selección española soy más moderado. Quizás porque esconde un sentimiento nacionalista que despide un rancio tufillo de otras épocas. Tal vez porque nunca ha gando nada y me he cansado de que sea la eterna aspirante a nada. O puede que vea en temas como el debate “Raúl selección” la evidencia de que en este país cada persona lleva un seleccionador dentro, algo de lo que tambíen estoy harto.

Pero el caso es que la selección española no despierta en mí esas pasiones que despiertan los clubs de fútbol, por mucho que se empeñen los periódicos deportivos centralistas y la cadena de televisión que tiene la lotería de los derechos televisivos, y que machaconamente nos repite una y otra vez que esta vez sí.

Y creo que en este sentimiento no estoy solo. Somos muchos los que vemos los partidos de la selección, pero con ese interés neutro por ver, como mucho, si tenemos razón y esta vez pasamos de cuartos.

Este es un fenómeno que alguna vez alguien tendrá que estudiar, el por qué hay selecciones de fútbol que unen a un país como es el caso de Argentina, Brasil, Italia o la anteriormente dividida Alemania, y mientras en el nuestro estamos más preocupados de ver si efectivamente España se hunde sin Raul.

Personalmente el seleccionador Luis Aragonés es un tipo que me cae muy bien. Tiene ese puntito políticamente incorrecto que despierta mis simpatías. Con el famoso caso Raul ha hecho lo que le ha dado la gana (quizás porque a su edad ya está de vuelta de todo), algo a lo que no se atrevió ni el mismísimo Clemente que se dejó influir una y otra vez por la prensa de Madrid. Las desavenencias de Luis con la prensa y con los directivos de la Federación ha sido tal que amagó un par de veces con dimitir antes de la Eurocopa. Al final, todo se solucionó con un pacto en el que se acordaba que Luis dejaría la selección al acabar la competición, fuera cual fuera el resultado, y el nombramiento de Vicente del Bosque como próximo seleccionador.

Por eso me gustaría que España ganara la Eurocopa y que Villa, el sustituto natural de Raul, fuera pichcichi con un sinfín de goles de todos los colores y formas (de cabeza, de tacón, de chilena…), para que Luis se fuera como el sabio que es, riéndose de todos los que le criticaban y pedían su blanca cabeza.

Quizás ese sea el aliciente que más me mueve a animar a la selección; no soy muy patriota y ya he dicho antes que el fútbol es sentimiento.

Aunque mucho me temo que volveremos a ser la gran esperanza blanca al que apostamos todos nuestros ahorros, y que el negro de siempre noquea contra la lona antes del segundo asalto.

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