martes, 20 de enero de 2009

Yes, We can


En apenas 3 horas vamos a asistir a uno de los momentos más importantes de la Historia, esos que cuando nuestros nietos lean en los libros, podremos decir: yo estuve allí, aunque sólo fuera desde casa y viéndolo por el televisor, como la llegada del hombre a la Luna. El presidente más nefasto de la historia de los Estados Unidos y por tanto del mundo, ese que nos ha llevado a la crisis financiera con sus políticas neoconservadoras, el mismo que llevó al mundo a una guerra absurda en busca de no se sabe qué ocultos terroristas, por fín se irá a su rancho y nos dejará en paz.

Quizás estamos confiando demasiado en este nuevo presidente, no sólo por el color de su piel, sino por la forma en que ha llegado a la Casa Blanca, arrasando con esa ilusión y fuerza que sólo tiene la juventud, pero me confieso esperanzado con este cambio, tanto como con el primer gobierno socialista en nuestro país, ese de Felipe González que iba a cambiar tanto “que no lo va a conocer ni la madre que lo parió”, como dijo Alfonso Guerra. Luego vendrían los errores que trae consigo el desgaste del poder, pero eso es otra historia…

Es cierto que el panorama que le espera no es nada esperanzador; el mundo en una crisis sin fondo, Israel masacrando sin piedad a los palestinos, Irak inmerso en una guerra civil sin fin, Afganistán…… Pero por primera vez en mucho tiempo creo que el mundo está ilusionado con este nuevo presidente y siente que las buenas maneras que apunta Barak Obama pueden cambiar el mundo y en cierta medida nuestras vidas.

Mucha suerte, Presidente.

Me he permitido copiar por su interés un artículo publicado hoy en La Vanguardia y escrito por Juan M. Hernández Puértolas.


Los poderes que son

Aunque sus rivales en la campaña electoral le achacaron escasa experiencia, lo cierto es que Barack Hussein Obama lleva trabajando más tiempo en la capital federal que cuatro de sus cinco inmediatos predecesores. Los cuatro años transcurridos desde que obtuvo un escaño en el Senado palidecen al lado de los ocho que sirvió Bush padre como fiel vicepresidente a las órdenes de Ronald Reagan, pero son obviamente más que los exhibidos en su día por Jimmy Carter, el mencionado Reagan o Bill Clinton, que llegaron a Washington como auténticos novatos.

El caso de George W. Bush es más complejo, ya que, al fin y al cabo, su padre llegó a la Casa Blanca cuando él ya era un hombre hecho y derecho (43 años) y había superado su malévola devoción por el frasco. Pero Bush júnior nunca presumió de su experiencia washingtoniana, y sí en cambio de sus seis años como gobernador de Texas.

El caso es que, para muchos poderes fácticos asentados en la capital federal, los presidentes son poco más que interinos, con una incierta capacidad para dejar huellas duraderas; el senador Robert Byrd o el congresista John Dingell, que han controlado hasta hace poco poderosísimos comités en el Congreso, llevan en la colina del Capitolio desde los años 50 del siglo pasado, bastante antes de que Obama hubiera siquiera nacido.

Es posible, sin embargo, que esos cuatro años en el Senado le sean muy útiles al nuevo presidente para establecer una relación constructiva con uno de los hombres más poderosos -y también más desconocidos por el gran público- de Washington, el líder de la mayoría demócrata en el Senado, Harry Reid.

El senador por Nevada tiene una biografía como mínimo tan apasionante como Obama, no en vano nació en una casa sin electricidad ni agua corriente, hijo de un minero que se suicidó cuando Harry era un niño ydeuna señora que trabajaba en la lavandería de un burdel de Las Vegas. A base de codos en escuelas nocturnas, Reid llegó a licenciarse en derecho y desde la abogacía accedió al cargo indiscutiblemente más importante del estado, presidente de la Comisión Estatal del Juego.

En la más pura tradición de las películas de Scorsese, la mafia intentó asesinarlo en diversas ocasiones, incluso con la colocación de una bomba lapa en los bajos de su coche, que, milagrosamente, no llegó a explotar. De apariencia enclenque y al borde de los 70 años, su frase favorita es "me gusta más bailar que luchar, pero sé cómo luchar".

Desde Europa cuesta entender el enorme poder que tiene la rama legislativa del Gobierno norteamericano, particularmente en materia de política fiscal. (Como es sabido, la política monetaria se concibe y aplica desde la Reserva Federal, donde la influencia de la Casa Blanca también es muy limitada.)

Cuando el actual presidente Bush, en la recta final de su mandato, intentó aprobar un programa de ayudas económicas al sector nacional del automóvil, un grupo de senadores de su propio partido de los estados del sur, donde hay instaladas varias factorías de vehículos de fabricantes extranjeros, bloqueó esa medida, por lo que hubo de buscar el dinero en otra parte.

Al frente de esos legisladores estuvo Mitch McConnell, de Kentucky, líder de la minoría republicana en el Senado y presente en la Cámara Alta desde 1984. Barack Obama deberá tenerle en cuenta si no quiere que sus ambiciosos programas embarranquen en el Congreso.

Todo lo que tiene de conservador McConnell lo tiene de liberal la speaker por supuesto-benéficos esconde a una negociadora de primer nivel, capaz de pastorear con eficacia a una tropa de congresistas notablemente indisciplinada.

El legislativo es sólo uno de los poderes fácticos con los que deberá lidiar el nuevo presidente, cuyas propuestas legislativas, si quieren realmente modificar radicalmente el modo como han funcionado las cosas en Washington hasta ahora, pueden acabar en el Tribunal Supremo, caracterizado en la actualidad por un frágil equilibrio entre los intérpretes estrictos de la Constitución y otros más flexibles. Curiosamente, el único miembro del Supremo de origen afroamericano, el juez Clarence Thomas, es también uno de los más conservadores.

En cambio, el presidente Obama tendrá la posibilidad de nombrar para ese cuerpo al menos a un magistrado ideológicamente próximo, ya que es previsible la cercana retirada del juez John Paul Stevens, que se acerca a los 90 años.

Amén de los poderes establecidos en la Constitución, la nueva administración deberá enfrentarse a una pléyade de lobbies y grupos de presión magníficamente organizados y financiados. Particularmente temibles son los de las empresas farmacéuticas y las asociaciones profesionales de médicos, que han hecho descarrilar hasta la fecha todos los intentos más o menos omnicomprensivos destinados a reformar el lamentable estado de la sanidad pública estadounidense.

En cambio, Barack Obama tendrá poco que temer de otro de los grupos de presión tradicionales, el de la banca, dada su dramática situación actual. Su problema será más bien garantizar que el dinero público destinado a su saneamiento y recapitalización permita el retorno a la senda de la financiación ortodoxa de empresas y particulares.

Y, por supuesto, la nueva administración no dispondrá de una luna de miel excesivamente dilatada. Se cometerán errores y se producirán desgastes, particularmente cuando, como en el caso que nos ocupa, las expectativas son tan elevadas. También es cierto que, si la sociedad estadounidense ha votado realmente por el cambio, los poderes fácticos harían mal en ignorarlo.

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